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Ella es Solange Acosta, la campeona mundial de tango

Solange Acosta nació en Quito, el 16 de noviembre de 1988. Vivió hasta los 11 años en Ecuador, en el barrio San Gabriel; hoy vive en la tierra de Gardel, Argentina. Su padre, Marco Acosta, es ecuatoriano y su madre, Gilda Edith, argentina. Participó como pareja junto al argentino Max Van de Voorde, oriundo de El Chaco, norte de Argentina. Juntos triunfaron en la 9ª Edición del Mundial de Tango, en la categoría Escenario, donde participaron 20 parejas. En la primera ronda tuvieron un puntaje de 9,1 y en la segunda, 8,70. Cuando pidieron a todos los bailarines que subieran al escenario y anunciaron que habían ganado, asegura que estaba petrificada, helada. “Era una sensación extraña, quería que me nombraran, y lo más irónico: mi amiga Manuela quedó segunda”.

A los 4 años (1992), ‘Nelly’ llevó a Solange a practicar danzas españolas y folclóricas, en un club familiar en el centro de Galicia, en Buenos Aires. A los 14 años, en otra época dorada del tango, la joven “intentó practicarlo , le gustó y hoy ya me gana”, sostiene la mujer de cabello blanco.

En el 2002, el interés por ir a las clases una vez por semana creció. “Al inicio mis repasos eran más relajados, después me gustó y las clases semanales no eran suficientes, así que entré a practicar en la Academia de Tango de Carlos Copello y de ahí en la Mariposita de San Telmo”, dice Solange, con quien dialogamos vía Skype.

Además, dice que en sus primeras clases había un chico que le gustaba y por eso le agradaban los repasos. Luego tuvo aspiraciones más profesionales. Así inició las primeras presentaciones, pero su energía estaba repartida entre su pasión y sus estudios en la Universidad de Buenos Aires.

A los 19 años trabajó en una petrolera, entró por un mes a organizar contratos. Solange explica que esto le ayudó a ganar experiencia profesional, mas los horarios de clases y el de oficina le obligaron a dejar el baile por un año.

A los 20 retomó las clases de tango. Ahí conoció a Max, su actual pareja de baile. Los dos fueron presentados por su amiga común Manuela Rosi. En esa época, Max daba clases de tango en Japón.

A su regreso a Buenos Aires habló con Solange, se vieron en la Milonga y no han dejado de bailar juntos. Max aprendió el tango en la escuela primaria desde los 11 años y sonriendo cuenta que también tenía una compañera que le gustaba, llamada Karla Ruperti.

El balcón de la abuela ‘Nelly’ era el sitio de encuentro. Ensayaban en un espacio cubierto en el barrio Caballito. Pagar salas de ensayo era caro. Crearon coreografías y cuando tuvieron armado el baile acudieron al profesor Germán Cornejo, autor de la coreografía del último concurso.

Ambos participaron también en el Tango Salón, donde quedaron décimos entre 400 parejas, en una competencia que duró 10 días. Sin embargo, su gran triunfo fue el primer puesto en el Tango Escenario. En esta categoría ob-tuvieron 30 000 pesos (USD 7 500), un viaje a París para bailar Milonga frente a la Torre Eiffel.

Allí pasaron cinco días con todo pagado y cinco más por su cuenta. Además, ganaron una gira por Japón para enero y febrero.“El premio mayor para mí fue el título, porque te abre muchas puertas laborales, publicidad y más cosas”, acota la joven de 22 años.

En la primera ronda tuvieron un puntaje de 9,1 y en la segunda, 8,70. Cuando pidieron a todos los bailarines que subieran al escenario y anunciaron que habían ganado, asegura que estaba petrificada, helada. “Era una sensación extraña, quería que me nombraran, y lo más irónico: mi amiga Manuela quedó segunda”.

Esos 10 segundos fueron eternos para Solange. Lo primero que hizo al escuchar su nombre, cerca de las 22:00, fue saltar de alegría.

“Fue muy loco, fue un sueño cumplido”. En la gala de aquella noche bailaron la canción Zum, al ritmo de Piazzolla, uno de sus artistas favoritos. Solange lució un vestido de terciopelo negro, de encaje, y el cabello recogido. El traje fue de un modisto de Buenos Aires, Walter Delgado. Max, de 21 años, vistió un clásico traje oscuro, al estilo de los años cuarenta.

La última visita de Solange a Quito fue hace dos años. Dice que extraña mucho a su familia paterna, y la comida favorita: cebiche de camarón con chifles y chulpi.

Su testimonio

Solange Acosta

“En la semifinal para obtener el primer puesto sentí una presión muy grande de todos; cambiaron los jurados y pasamos en el segundo puesto por una diferencia de 0,20. En esos días ya estaba estresada, agotada y ensayamos todo el día.
Yo pensaba que ganar este mundial era inalcanzable.

Nunca creí que iba lograrlo, mis expectativas eran llegar a la final y al Luna Park.

Me anoté tranquila en las
clasificatorias y al ver la respuesta del público me empecé a tensionar”.

Autor: Amelina Espinosa

Publicado en Diario El Comercio de Ecuador

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